Ullises y el descenso al hades
Por Lisímaco Henao H. Analista Junguiano
(Texto compartido al cierre de la primera parte del curso "Ulises. Imagen arquetípica de la existencia humana").
La idea de que había un lugar más allá de este y en el que seguían sucediendo cosas, podría haber surgido de esta manera o en otras parecidas. En los grupos humanos siempre hay personas un poco más sensibles que otras a las imágenes y a las imaginaciones, al poder espontáneo de la psique. Esos habrían comenzado a ocuparse seriamente de aquellos sueños y de otras imágenes que llegaban a la consciencia simultáneamente con fenómenos como el rayo, la terrible noche en la que acechaban mil formas o el nacimiento y la muerte. Estas imágenes fueron tomando formas y nombres hasta ser fantasmas y divinidades. El lenguaje intentó atraparlas, narrarlas y, aún sin escritura para fijarlas, se transmitieron de boca en boca, permitiendo que la función imaginante fuera adhiriendo más y más material en cada giro, en cada emoción, frente a cada pregunta o reacción del grupo que escuchaba.
Surgieron así los mitos en general y, en particular, los mitos sobre el más allá, que permitieron a la mente de los orígenes continuar en su proceso formativo y serenarse frente al misterio de tantos fenómenos inexplicables, pues entonces había imágenes para comprenderlos e integrarlos en la psique. Las imágenes mostraron así su tremenda cualidad de ser contenedores magníficos para las emociones más poderosas, suscitadas por ese más allá de los muertos, de los dioses, y de los titanes. Por lo demás, debemos tomar en cuanta que “in illo tempore” (en los tiempos de los orígenes), gracias a esas poderosas imágenes simbólicas, cada grupo cultural tuvo también un relato sobre sus orígenes y los orígenes de todo, una cosmovisión, un sentido para la existencia e incluso para su desaparición.
La percepción de un más allá no sólo verifica un lugar nuevo, sino que al no necesitar este lugar de componentes físicos, es decir, es un lugar al que se viaja sin cuerpo durante el sueño o durante la imaginación que hoy llamaríamos alucinatoria y en el que habitan seres sin cuerpo, permite deducir lógicamente la existencia de vida incorpórea, de un mundo espiritual, de un alma independiente del cuerpo. Si bien los mitos al irse desarrollando hablaban de seres sin cuerpo como los dioses (pasada la etapa “naturalista” en la que las divinidades eran los elementos), los mitos del inframundo desarrollaron, particularmente, la idea de un alma incorpórea unida al cuerpo durante la vida, pero que al morir se separaba de esta.
Pero atención, no sólo después de la muerte podía esta alma incorpórea ser libre y aparecer en los sueños de los vivos ¡También durante el sueño!, el sueño considerado como una pequeña muerte o como el fenómeno más parecido a ella. E. R. Dodds en “Los griegos y lo irracional” discute esta premisa apoyándose en la lectura de La Ilíada y La Odisea, en donde está presente la idea de una psique unida al cuerpo, pero con posibilidades de separarse de este. En relación con la situación del alma durante el sueño afirma Dodds citando a un autor de la antiguedad:
«Dice Jenofonte “Es en el sueño cuando el alma (psykhe) muestra mejor su naturaleza divina; es en el sueño cuando goza de una cierta penetración para el futuro; y es así, sin duda, porque es en el sueño cuando es más libre". Procede después a argumentar que podemos esperar que después de la muerte la psykhé sea aún más libre; porque el sueño es lo que en la experiencia de la vida más se aproxima a la muerte.» [1]
Resulta muy interesante que la cualidad divina del alma esté representada aquí por dos condiciones: la libertad y la posibilidad de devenir un espíritu incorpóreo, y es que, en general, ambos son los atributos de todos los dioses.
La idea de Jenofonte es corroborada por la madre de Ulises cuando, una vez en el Hades le dice:
“…ésa es la condición de los mortales, una vez que perecen. Pues los tendones no retienen más las carnes y los huesos, sino que el potente furor del fuego ardiente los deshace apenas el ánimo vital abandona los blancos huesos y el alma, volando como un ensueño, revolotea y se aleja.” [2]
| Orfeo ante Plutón y Perséfone. Francois Perrier. |
Psique obteniendo de Proserpina el elixir de la belleza. Charles-Joseph Natoire |
El mismísimo Hades salió un día a raptar a Perséfone, aquella adolescente que olía flores junto a sus compañeras, particularmente el narciso ¡Qué más puede hacer una adolescente que narcotizarse con su propia belleza! (Narciso = emparentado popularmente con nárkē = narcosis, adormecimiento). Raptada por la fuerza del primitivo Hades, terminó allí abajo, enamorada y reina de su raptor. Quizás por ello los misterios Eleusinos que se formaron a partir de estos sucesos míticos, prometían a los iniciados un mejor trato en el Hades al morir.
No podía Dante imaginar de otra manera el inframundo, heredero de la imaginación de los padres de la iglesia, de una religión basada en la culpa de todos aquellos por quienes murió el gran héroe cultural Jesús de Nazareth o de otra culpa aún más primigenia, la del pecado original. En muchos hogares, en el mío por ejemplo, colgaban cuadros que describían la terrible geografía del infierno y el purgatorio, imposibles de olvidar y frente a los cuales uno como niño se acomodaba como podía el alma para poder experimentar el pecado o más bien, la bendita transgresión.
Pero el hades griego, aunque incluía a algunos eminentes castigados, más que castigos o lugares de castigo propiamente dichos, era de una naturaleza muy diferente. Era en realidad otro reino, un mundo con sus propias reglas y su propia geografía, que incluía el Tártaro, une espacio antiquísimo en el que habían sido encerrados los titanes derrotados por Zeus y sus colegas, e incluso allí se ubicaban los Campos Elíseos, el lugar para lo héroes y algún que otro bienaventurado.
En lo que nos compete e interesa era, sobre todo, un lugar al que todo gran héroe debía viajar. Un lugar de descenso, de experiencia y de consulta, como nos muestra La Odisea.
| Noche y sueño. Evelyn de Morgan. |
Al descender a la noche eterna, a la oscuridad del Hades, los héroes parecen vivir una gran transformación, allí se operan por lo menos tres cambios, que podemos ver en relación con lo vivido por Odiseo “allí abajo”:
1. Inmersión en conocimientos antiguos (Antigüedad), sobre el futuro (Destino) = Odiseo y su consulta a Tiresias. Aquí rescato la noción de destino como naturaleza, como eso que se despliega en la vida de cada uno desde el nacimiento hasta la muerte, una historia cuyos detalles, no obstante, no están escritos. Tiresias, en ese sentido, le anuncia lo que se va a encontrar, pero no impone la manera en que debe atravesar los obstáculos. La antigüedad aquí se refiere a lo inconsciente colectivo como reservorio de toda experiencia humana; así, aunque cambien las formas, los esquemas universales de los sucesos siguen siendo los mismos.
2. Un reconciliarse con el pasado, haciendo caso omiso de los pedidos de los muertos (Engaño y Lamentación), pero reconociéndolos como predecesores en el camino. = Odiseo llora por sus amigos muertos, reconoce su vergüenza por no cumplir con los rituales debidos según los deberes civilizados (vergüenza, no culpa), intenta abrazar a su madre pero esta le recuerda la naturaleza de la muerte. Aquí reconciliarse con el pasado significa dejar que las sombras (las proyecciones en lo vivido), sigan su camino, psicológicamente se trata de trascender el área de los complejos para dirigirse hacia la energía arquetípica.
3. Acceder a un cambio subjetivo, una transformación, que tiene siempre la forma del renacimiento. = Odiseo ha reconocido su lugar en la vida y puede dejar atrás la seducción infantil que lo ha atrapado hasta entonces, lo cual será demostrado como "nueva actitud" en el paso del mar de Las Sirenas.
Como ven, estoy haciendo una analogía simbólica entre la antigua diosa Nicte (noche) y su prole, y la naturaleza del Hades, pues me parece lo validan muchos relatos y, particularmente, este de Odiseo.
| Apolo y la serpiente Pitón. Jan Boeckhorst |
“Si el inconsciente pudiera ser personificado, tomaría los rasgos de un ser humano colectivo que viviera al margen de la especificación de los sexos, de la juventud y de la vejez, del nacimiento y de la muerte, dueño de la experiencia humana, casi inmortal de uno o dos millones de años. Este ser se haría indiscutiblemente por encima de las vicisitudes de los tiempos. El presente no tendría más significación para él que un año cual-quiera del centésimo milenio antes de Jesucristo; sería un soñador de sueños seculares y, gracias a su experiencia desmesurada, un oráculo de pronósticos incomparables. Pues habría vivido un número incalculable de veces la vida del individuo, la de la familia, la de las tribus, y la de los pueblos y conocería como una sensación viva-el ritmo del devenir, del desarrollo y de la decadencia.” [3]
Mi conclusión por ahora, es que los héroes, deben descender al Hades porque de lo contrario no están completos. Deben percibir allí lo que Nietzsche denominaba el mundo de las madres, pero además todo aquello olvidado, reprimido o simplemente no visto, no desarrollado. Mediante este viaje al Hades, el héroe recupera su conexión con la gran madre, con todo lo antiguo en él y sale de la posesión por parte de los dioses de la guerra y la violencia, con lo cual, tal como ocurre con el tan humano Odiseo, podrán entrar en el mundo real y completo de la familia, de la vejez, la enfermedad y la muerte. Sólo se puede viajar hacia el futuro, integrando la parte de la totalidad contenida en lo más profundo de nosotros.
Dicho en términos psicológicos esto es: todo descenso, toda patología, toda crisis y toda encrucijada, nos pone en contacto con el otro lado, con la Sombra (las sombras), con lo reprimido cultural que suele ser lo femenino y lo materno y con la muerte. Se trata de una regresión o de una introversión de la libido que ayuda al Ego a deflacionar la normal inflación que le producen sus luchas y logros exteriores. El Ego así puede avanzar hacia la vida y hacia el mundo de otra manera, puede aceptarse humildemente una parte de un todo mayor que él, integrarse en una totalidad: tan frágil como fuerte, tan inteligente como tonto, tan saludable como enfermo, con esa parte nuestra tanto mortal como inmortal. Con cuerpo y con Alma.
[1] E. R. Dodds. Los Griegos y lo irracional. Ed. Alianza. 1997 pg 53
[2] Homero. La Odisea. Ed. Alianza 2026 pg. 245
[3] C. G. Jung. Los Complejos y el inconsciente. Ed. Altaya 1994 pg. 28








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